La casa museo de Benecid, un libro abierto de la Alpujarra del último siglo

La casa museo de Benecid, un libro abierto de la Alpujarra del último siglo

Popularmente conocida como la tienda del Tite Vicente, muestra cómo era el día a día de sus vecinos en un intento por rescatar el modelo sostenible de antaño

MARÍA TORRESFONDÓN

Si el Tite Vicente levantase la cabeza, estaría orgulloso de lo que hoy esconde los números 4 y 6 de la calle Empedrado de Benecid. Convertida en una casa museo, la antigua taberna del pueblo mantiene la estructura tradicional de las casas típicas de la Alpujarra y refleja, con una agudeza histórica extrema, el día a día de sus vecinos en el último siglo. El 'museíllo', como muchos lo conocen en Fondón, es un libro abierto de lo cotidiano. Un vistazo a nuestro pasado más reciente para evitar que caiga en el olvido. Un tesoro de incalculable valor en el último refugio del rey Boabdil.

Infinitas son las alusiones a aquella forma de vivir que hoy muchos recuerdan con nostalgia. Dividida en una veintena de espacios de interpretación, la casa museo de Benecid transmite al visitante los valores y también las penurias de otros tiempos, cuando los portales de las casas estaban llenas de aperos de acarreo para cargar al mulo, el fuego se lograba con hierro y cuarzo, el agua se transportaba en cántaras y el candil de aceite o las mariposas alumbraban las estancias. Tiempos en los que la ropa se desinfectaba en un 'cocio' con cenizas, sosa y agua hirviendo, el jabón se hacía en casa, los habitantes se contaban por lumbres encendidas y el pan de cada día se elaboraba de forma artesanal.

Casa, tienda y botica

Rehabilitada en los años 80, la casa museo es del siglo XIX. Conserva una puerta de acceso amplia para dar acceso a las bestias, 'terraos' de launa y techos de cañas, escaleras angostas y suelo de piedra. En su cocina -donde se elaboraban migas, potaje de hinojos y pebetes- se cocinaba con leña, carbón y petróleo hasta la llegada del gas butano, que liberó a los vecinos de la recogida continua de leña. En este espacio de la casa, se representa la matanza y el pan a través de los utensilios de la época. La mayoría fueron usados en su tiempo y reparados posteriormente para su exposición. Además, en el subsuelo, esconde una orza con los tesoros que los moriscos dejaron en la Península tras su expulsión en el siglo XVI con la intención de volver. Aún son muchos los que conservan en su memoria esta costumbre ancestral y aún siguen apareciendo envases de este tipo, aunque llenos de escombros en su mayoría.

La planta baja también reserva un rincón al auge del plomo y a la minería en la comarca. «A principios del siglo XIX se construyeron miles de pozos en la Sierra de Gádor y cientos de pequeñas fundiciones caseras, tras la liberalización del sector. Se producía barato y en cantidad, lo que llegó a poner en crisis las minas de plomo europeas», según apunta durante nuestra visita Agustín Sánchez Hita, uno de los fundadores del proyecto de educación ambiental Río Andarax y que hoy da vida a esta vivienda de Benecid.

La segunda planta de la antigua tienda del Tite Vicente conserva el dormitorio principal, un despacho con una biblioteca propia, juguetes antiguos y una sala dedicada a la lana y a la seda y a las academias de corte y confección, como la de Laujar, un aliciente económico para la mujer de la época. Especialmente llamativo es la calidad de los tejidos más de 100 años después y la viveza de sus colores gracias a la presencia de la cochinilla.

De la mano de Agustín, la visita continúa adentrándose en la antigua tienda del Tite Vicente, que se conserva tal cual, contigua a la taberna donde se tomaban cacahuetes alrededor de una mesa. Así se accede a la botica, con los remedios naturales y medicamentos, y a la fábrica de gaseosas. «Cada pueblo de cabecera tenía su gaseosa», matiza al respecto. Gas, agua y azúcar eran los ingredientes necesarios para iniciar el proceso de fabricación, que también encuentra su representación en esta casa museo. Por último, la visita concluye en la carpintería donde actualmente se siguen restaurando los objetos que se muestran al visitante. En todos los pueblos había una carpintería y una fragua y esta mantiene casi intacto el espíritu de aquellas. La caza, el esparto y el barro completan un recorrido por una forma de entender la vida que, aunque dista mucho de la actual, logró paradójicamente alcanzar las aspiraciones de la sociedad actual. La perfecta armonía entre la mano del hombre y los recursos naturales que su entorno le brinda, también llamado sostenibilidad. Quizá esta sea la moraleja de una casa museo, enclavada en el corazón de la Alpujarra, que tiene mucho que contar.

Por amor a la Alpujarra

Corrían los años 80 cuando un grupo de personas, ligadas directa o indirectamente a la Alpujarra en general y a Fondón en particular, decidió adquirir en propiedad la tienda del Tite Vicente. Una vivienda cuya rehabilitación pagó de su propio bolsillo con el objetivo de llenarla de cultura, tradición y humildad.

Desde entonces, el grupo ha ido recopilando utensilios antiguos, herramientas y cualquier elementos que sirviese para ilustrar un modo de vida que muchos añoran. Con dedicación, trabajo y estudio, lograron reunir un patrimonio de incalculable valor que hoy comparten con los demás en forma de visitas guiadas, libros y distintas actividades. Su fin último es evitar que aquella forma de enfocar la vida caiga en el olvido. «Y si ha desaparecido, que no se pierda en la memoria». A lo largo de su trayectoria, son muchos los niños que han pasado por esta casa tradicional que se mantiene «por amor al arte» gracias al trabajo desinteresado de Agustín Sánchez, Susana Escamilla, Sauce Sánchez, Lucy Escamilla y Monserrat Góndolas. Juntos dieron forma al proyecto de educación ambiental Río Andarax, una iniciativa sin ánimo de lucro que servirá para perpetuar en el tiempo la Alpujarra del último siglo.

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