Francisco Robles, en su taller de Adra, en la Plaza de Abastos. / m. torres

Francisco Robles, el último zapatero de Adra y Berja

Oficios sin relevo generacional: «El calzado vale muy barato y no puedes cobrar mucho. Antes era de mejor calidad, ahora es de usar y tirar, pero clientes no faltan»

MARÍA TORRES ADRA

Su suegro, que en paz descanse, le enseñó todo lo que conoce del oficio. Siempre quiso dedicarse a la construcción, pero finalmente optó por reparar calzado, afilar cuchillos, cortar cinturones y arreglar cremalleras para mantener a su familia. Se llama Francisco Robles y es el último zapatero «legal» que queda en Adra y Berja. Con más de cuatro décadas de experiencia y a pocos años de alcanzar su jubilación, no encuentra relevo generacional. Nadie quiere continuar con un negocio donde, sin embargo, el goteo de clientes es continuo.

«Antes se vivía mejor», asegura. «¿Y qué ha cambiado», le pregunto. «El calzado vale muy barato y no puedes cobrar mucho. Antes los zapatos eran de piel, de mejor calidad, y se ponían tapillas para conservarlos. Ahora son de plástico, de usar y tirar», nos aclara. La moda de usar zapatillas de deporte «para todo», según nos confiesa, tampoco ayuda. Para mantener el negocio, Francisco no ha variado los precios «en seis años». Una estrategia de venta que, unida a su dilatada experiencia en el oficio, dan como resultado una clientela fiel y nuevos clientes. «No se para y, cuando acabo aquí, sigo en el taller de casa», afirma.

Es precisamente «el tiempo que le echo» lo que menos le gusta de su trabajo. Lo que más, «que no te manda nadie, las horas se pasan bien y el contacto con la gente». Destaca el trato con clientes de toda la vida como Carmelina, que interrumpe esta entrevista para recoger sus zapatos. «Los compré hace casi 30 años en la zapatería Suizos de Almería y aún los tengo. Se los dejé a Francisco hace cinco meses para arreglarlos, pero quiero que le meta la horma un poco más. Son para toda la vida», nos cuenta. Fabricados en piel, son de color rojo y 'tacón sensato'. «A estos le habré puesto cuatro tapillas, sí, son buenos», confirma el zapatero.

Aprendiz

Francisco aprendió el oficio en Santa María del Águila y decidió montar su propio negocio en su Berja natal, en la Plaza del Mercado, junto con su mujer. Su taller en Berja sigue abierto al público y, desde hace once años, lo compagina con el puesto de Adra. «Tenía que venir todos los días a Adra para cuidar de mis nietos, que viven aquí, y decidimos abrir un taller también», aclara. Afortunadamente, ambos funcionan perfectamente. «Clientes no nos faltan», reconoce.

Padre de dos hijos, ninguno quiso dedicarse a ser zapatero. Aprendieron por obligación el oficio, pero se decantaron por otros derroteros. A su juicio, en la actualidad faltan aprendices. «Yo no quise estudiar y, aunque mis padres no lo necesitaban, me puse a trabajar con 15 años en una carpintería. Empecé como aprendiz. Antes los niños estábamos recogidos y nos ganábamos un dinerillo», recuerda con cierta nostalgia. «Ahora no puedes tener un aprendiz porque tienes que darle de alta y no se puede con más gastos», añade con certeza.

A la pregunta de si volvería a elegir ser zapatero después de más de 40 años de oficio, la respuesta es rotunda: «No. Seguiría haciendo balates y muros de piedra, que es lo que echo de menos. Aún voy a la obra a saludar a mis compañeros. Había mucho compañerismo y a las seis de la tarde terminaba tu jornada. Aquí no se acaba nunca».

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