La fábrica de conservas Santa Isabel de Adra ya es historia

La fábrica de conservas Santa Isabel de Adra ya es historia
  • Durante estas últimas semanas muchos abderitanos están viendo cómo se derrumba uno de los vestigios de la historia de la localidad: la fábrica de conservas Santa Isabel, de donde salía su famosa y exquisita melva canutera, entre otras conservas.

La fábrica se remonta al siglo XIX, cuando empezó a funcionar como azucarera, y luego se reformó para la fabricación de las verduras en conserva dirigida por Fernando García Espín sobre 1931. Durante la guerra civil la CNT asumió su dirección y comenzaron las conservas de sardina y caballa.

 El empresario virgitano Joaquín Vázquez se hizo cargo de esta fábrica ya en los años 40, con Pedro Navarro como gerente, padre de Joaquín Navarro, quien fuera durante cuatro legislaturas, hasta 2003, alcalde de Adra. Eran familia y Pedro, hoy con 90 años, recuerda que trabajaba para un banco y primero se encargó de la contabilidad en la fábrica, para después hacerse responsable de todo. En el entorno vivía con su familia, siete hijos. Joaquín recuerda «que me pasaba el día en la fábrica. En verano mi familia se iba a Lanjarón, pero yo si aprobaba todo como premio podía quedarme con mi padre. Me encantaba la fábrica y por eso estudié ingeniería industrial. Había mucho trabajo, no recuerdo que mi padre se cogiera vacaciones».

Pedro Navarro, que está bastante mayor y recuerda con mucho cariño los momentos que se vivieron en la fábrica, sabe que se está demoliendo, pero no ha podido ver los trabajos. «Dediqué toda la vida a la fábrica, aún me parece escuchar la sirena que avisaba de que llegaba el pescado fresco y enseguida venía la gente haciendo cola para trabajar, sobre todo mujeres. A veces había que esperar y jugaban y cantaban en el patio», recuerda.

Las conservas fueron su vida, tanto que su sueño era hacer una fábrica casera para consumo propio, algo que no ha llegado a hacer. E incluso estuvo muy metido en cómo se hacían las conservas en el intento de la empresa Opepesa, cuando dejó de funcionar la Santa Isabel, «pero nunca la melva sabía igual que como lo hacíamos nosotros. En casa, podíamos comer conservas con los ojos cerrados y todos sabíamos cual era de la nuestra».

Proceso

En la fábrica se hacían hasta las latas de hojalata, con grandes planchas. Y las etiquetas primero se pegaban y luego llegaba la plancha serigrafiada, con la imagen de una maqueta que se había hecho.

Y el secreto de la exquisitez de la melva y el resto de conservas de pescado era que «se cocía muy lento. Traíamos el pescado de todos los puertos, nunca se congelaba. La obsesión que teníamos era el ritmo rápido de trabajo para conservar las propiedades del pescado fresco. Se echaba en balsas para limpiarlo, había pozos de agua y luego las sardinas se cocían en vapor y la caballa y la melva en calderas y parrillas, con cestas en salmuera y se echaban unas ramas de laurel. Se calentaba con vapor. Se sacaban las raspas y se hacían filetes y las empacadoras los colocaban en la lata, tratando de que no quedara aire. Luego se regaba con aceite de oliva durante varios días. Se tapaba y se metía en la autoclave, con vapor para comprobar que estuvieran bien cerradas y que no hubiera latas 'bufadas'. Los expertos golpeaban con palitos las latas y se escuchaba; si estaban bien para exportar, se mandaban muchas por ejemplo a Italia, a Madrid, Barcelona, etc.».

Y tan bien se debieron conservar que aunque las últimas que se fabricaron caducaban en 1994, «hace dos años hubo quien por Navidad abrió una lata que conservaba y estaba exquisita», explica Joaquín Navarro.

La riada

Un hecho marcó la actividad en la Santa Isabel y la hirió de muerte: la riada del 19 de octubre de 1973.

La noche anterior había llovido a mares, pero el día amaneció soleado, sin embargo poco se tardó en dar la alarma: venía el río, que había recibido en muy pocas horas 206 litros por metro cuadrado y al llegar al desvío artificial que se le hizo en la Cuesta del Borrego, en el camino de La Alquería, una ola saltó por los muros de defensa y dirigió una muralla de agua, lodo y fango hacia Adra y su vega por su histórico caudal del camino de La Alquería. La vieja muralla de la fábrica de conservas Santa Isabel contuvo durante horas el agua, pero no pudo aguantar y el río arrasó sus instalaciones y se dirigió de Levante a Poniente, entrando al pueblo por la carretera de Almería. Había miles de cajas en la fábrica que ese día tenían que recoger los camiones italianos y con el agua corrieron por las calles las latas de melva. «Nos llamaba la gente para recogerlas, algunos recogían 20 latas y nos devolvían 10», recuerda Navarro.

En aquel entonces cifraron las pérdidas de la fábrica en unos ocho millones de las antiguas pesetas. «Y se perdió parte de su historia, porque mi padre guardaba en un armario muestras de las fabricaciones, sobre todo de los vegetales, de la carne de membrillo o de tomate», recuerda Navarro hijo.

Y es que la fábrica probó con esas conservas vegetales, para lo que se les daba plantones a los agricultores, «pero no rentaba».

La fábrica tuvo que aguantar problemas de intervención del azúcar o del aceite, y cuando se podía se hacían acopios, por lo que existen en los bajos del edificio unas balsas de alicatado realizadas por 'El malagueño' para el aceite. Y otra característica de la fábrica es su torre de la chimenea, que es lo único que se va a mantener en pie y se va a conservar.

Aqui puedes leer testimonios de quienes trabajaron en la fábrica:

http://adra.ideal.es/actualidad/756-recuerdos-de-quienes-trabajaron-en-la-fabrica-de-conservas-de-adra.html

Futuro

Todo esto es ya historia, porque en el presente las máquinas están echando abajo los últimos vestigios de este entrañable edificio que funcionó para las conservas hasta los 80 y después ha albergado una empresa de pollos y huevos, de la misma familia propietaria.

La parcela resultante del derribo de la fábrica ocupa 7.072 metros cuadrados y el desarrollo de su urbanización posibilitará la comunicación con la ciudad, ya que las calles que la limitan forman parte de la trama urbana, quedando acoplada por el norte con el Camino del Molino, al sur con la N-340, al este con la Carretera de La Alquería y al oeste con la Calle Fábricas.

La superficie de esta fase dará como resultado una zona libre de 1.478,48m2, 2.582,30 distribuidos en dos parcelas urbanizables y 3.011,28 de viario público. La superficie libre dará a la Carretera de La Alquería, donde se conservará la chimenea existente en el edificio de la fábrica que se ha demolido, por tratarse de un bien perteneciente al Patrimonio Cultural de la ciudad. Su ordenación establece unos destacables espacios destinados a jardín, estando previsto el acerado en el resto. Los metros correspondientes a los viales incluyen la pavimentación de parte del Camino del Molino, ampliación de la N-340 y la Carretera de La Alquería.

También se completa la pavimentación de la calle Mercado hasta la Carretera de la Alquería, que incluirá tanto la de la calzada como el acerado y zonas de aparcamiento previstas en la ordenación. Según declaraciones del alcalde de Adra, Enrique Hernando, «el estado ruinoso de estas instalaciones ofrecía una imagen pésima de la entrada de Adra. De esta forma se conseguirá embellecerla, destacando sus zonas verdes y su conexión con la ciudad, mejorando el aspecto visual y la trama urbana de la ciudad».