El secreto de la 'abuela de Adra' es estar de buen humor y beber leche todos los días

Es todo vitalidad. Tiene muchas ganas de hablar y de reír, a pesar de que sólo tiene los dientes de abajo, como ella dice.

Laura Montalvo

Viernes, 6 de mayo 2016, 11:21

Es Isabel Lidueña, una mujer centenaria que el 12 del 12 del 12 celebró su 100 cumpleaños rodeada de familiares y amigos y recibió un ... homenaje en el Ayuntamiento de Adra. Una abderitana que a pesar de este siglo que lleva sus espaldas tiene mucha fuerza y ganas de seguir viviendo. Y eso que ha visto de todo, como ella misma cuenta a IDEAL:

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«He pasado las dos guerras y la guerra de España, que malos tiempos, moría gente que no tenía que morir, que pena, he visto llorar a hombres como castillos de grandes». Pero también ha vivido el cambio brutal que ha experimentado Adra, «de la noche al día». De hecho, se puede decir que ella tiene tantos años como la ciudad de Adra, ya que fue en 1912, cuando Isabel nació, cuando el rey Alfonso XIII otorgó a Adra el título de ciudad, por la expansión que estaba experimentando.

 

«Yo vivía en la Rambla del zarzal, cerca de la ermita y donde está ahora la escultura del labrador, pero hace mucho que no voy. Allí de niña jugaba con las vecinas, a la rayuela y a la paloma. Los zagales se subían unos encima de otros», recuerda.

Isabel tenía otros cinco hermanos, «los he enterrado a todos, eran dos chicos y nosotras cuatro hermanas, yo era la mayor de las chicas». Se acuerda perfectamente de calles, nombres de amigos y vecinos y gente de Adra, aunque apenas sale a la calle. Tiene muy buena cabeza pero «las piernas malitas», como ella dice.

Hace un tiempo le dio una ciática y le pusieron una silla de ruedas, aunque «en casa yo trasteo, hago todo yo, la comida, todo. Están mis hijas que viven aquí cerca y una mujer que me hace cosas, pero si por mí fuera yo lo hago. Yo vivo en mi casa, aunque duermo con mi hija porque no quieren dejarme sola y a esta edad una tiene que amoldarse a lo que le dicen», dice resuelta.

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Viste de negro y le pregunto si es porque es viuda, pero me dice que lleva 60 años de luto desde que murió su padre. Ahora ya por costumbre, antes porque era obligatorio. Su marido también ha fallecido, hace unos 18 años, y dice que «nunca pensé en volver a casarme, ya tuve un marido, ¿para qué más?». Incluso recuerda que un señor empezó a rondarla «y le dije que se fuera por ahí».

¿El secreto de su longevidad? «estar de buen humor, no adelanto nada con estar enfadada; comer de todo y beber un poquito de leche todos los días, sino por la mañana por la noche, aunque la de ahora no sabe como la de antes, que venía el pastor a traerla», recuerda.

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«A mis cien años, nunca he estado mala en la cama de algo grave. Sólo después de cada parto, que tuve cinco hijos. Y eso que siempre he sido muy delgada, pero muy fuerte. Yo como de todo, me gusta de todo, menos estas cosas nuevas de ahora como la pizza, eso no lo he probado. Lo que más me gusta es la comida de pringue».

Y al término de esta entrevista se iba dispuesta a hacer unas migas, aunque «en estos años ya no puedo remover con un brazo sólo y tengo que ir cambiando», vamos, como la mayoría de nosotros.

En cien años le ha dado tiempo a hacer muchas cosas, pero hay una espinita que Isabel tiene clavada: «no sé leer, no sé expresarme muy bien. Mis padres no me llevaron a la escuela. Y no es que tuviera que trabajar, que tampoco he trabajado duro, aunque he cosido mucho, y en mi casa nunca ha faltado de comer, es que no fui». Pero su familia suple esa carencia, ya que está rodeada de sus cinco hijos, quince nietos, doce biznietos y dos tataranietos. Una familia viva de cinco generaciones que se remonta a 1912.

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