Familiares y amigos homenajean a Rosi en el barrio de pescadores de Adra
Rosi Rivera Campoy era una joven abderitana de 25 años de edad, con toda la vida por delante y una familia que la adoraba, como ella adoraba a su niña, que el pasado miércoles cumplió un año de vida.
Laura Montalvo
Viernes, 6 de mayo 2016, 11:28
Pero lo hizo sin su madre.
Y es que Rosi falleció el pasado 28 de diciembre en el hospital de Poniente por una infección pulmonar, ... una trombosis que sesgó su futuro de golpe. Quienes la conocían la definen como «bellísima persona, con un gran corazón, amaba a su hija con toda su alma. Trabajadora, risueña siempre y muy unida con su gente».
Por ello, sus amigos y familiares organizaron un homenaje para esta joven de Adra que tuvo lugar el martes, a las seis de la tarde en el parque de la Cuesta, junto a la cabina (calle hermanos Pinzón). En su barrio, donde todos la recuerdan como «una chiquilla encantadora».
Y por ella se lanzaron al cielo cientos de globos azules, «porque era su color preferido». También lo hicieron sus compañeros de trabajo en el almacén Romelina, donde trabajaba.
Sobre un centenar de personas, de todas las edades se reunieron en torno a ese punto del barrio de pescadores y no pudieron evitar derramar su lágrimas por esta triste pérdida.
Familiares de la joven leyeron un comunicado en su memoria, destacando su naturaleza alegre y diciendo bien alto «¡no te olvidaremos!». Tras ello guardaron un minuto de silencio, terminando con un fuerte aplauso.
Su prima María Victoria Casas explicó a IDEAL que Rosi «era como mi hija, aunque fuese mi prima. Estuve en su parto, yo la registré en el juzgado e incluso tengo un hijo de su misma edad. Nació en el seno de una familia de gente de la mar, era la menor de cuatro hermanos. Nació el 24 de junio de 1987, San Juan, un día muy celebrado por todo el mediterráneo».
Su familia explica que así era ella, «risueña, esa risa contagiosa que te hacia reír incluso cuando no tenías ganas, buena amiga, hija perfecta con una educación exquisita y madre con garra como el animal que protege a sus cachorros. Era exagerado, es como sí dentro de ella cada día fuera el último en darle tanto amor a su hija. Cada vez que se iba a trabajar lloraba por no estar con su princesa, que era como ella la llamaba. Precisamente el día del homenaje la niña, Ainhoa, cumplía su primer año de vida», explica la familia.
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