Mª Trini Torralvo, primera mujer almeriense en subir a lo más alto
Hay momentos en la vida de un montañero en los que reflexionar a tiempo y decidir si continuar 200 metros más o ser prudente y darse la vuelta puede salvarte la vida. Y más aún si esa decisión se toma tras varios días intentando alcanzar la cúspide del Aconcagua, en Argentina, una de las montañas más altas (6.960) pero también más peligrosas.
Laura Montalvo
Viernes, 6 de mayo 2016, 12:12
Moralmente, Mª Trini Torralvo siente que hizo cumbre el pasado 18 de enero, cuando iba a culminar su expedición a esta montaña. «Pero estábamos a ... unos 200 metros, el frío era insoportable, había viento, tormenta y el tiempo estaba empeorando, además de que estábamos agotados y nos quedaban varias horas de vuelta. No seguimos. Si algo he aprendido en la montaña es que es importante hacer cumbre, pero es mucho más importante vivir la subida y poder bajar por tu propio pie. Por mi seguridad y la de quienes van conmigo».
Porque esta mujer residente en Adra tiene ya experiencia en este tipo de ascensiones, de hecho, tras esta última hazaña, se ha convertido en la primera mujer almeriense en subir a las tres montañas más altas del mundo exceptuando el Himalaya. Porque este mes de enero fue el Aconcagua, pero ya había subido al Kilimanjaro en África, con 5.895 metros en 2011 y al Elbrus, en Rusia, de 5.642 m. en abril de 2012.
En esta última expedición a América del Sur, un sueño del que aún no se ha despertado aunque hace días que ya está de vuelta en Adra, estuvo acompañada por Sergio Cano, Salvador Hurtado y Javier García. Éste último sí llegó a la cumbre, ya que se quedó unos días más y logró llegar el 30 de enero tras mejorar el tiempo, aunque a lo largo del camino pensó en abandonar «porque estaba fundido».
Este grupo forma parte de la asociación Belladurmiente, de Almería, y suelen realizar este tipo de hazañas una vez al año. Para entrenar «salimos todos los fines de semana», y tienen más que 'pateadas' zonas como Sierra Nevada. La próxima subida quieren hacerla al Himalaya, aunque antes, como 'paseo', irán al Montblac.
Sobre el Himalaya, Mª Trini dice que no a subir la montaña en sí, sino de treking, pero Salvador sonríe y dice que sí intentarían subirla, «sino los 8.000 metros, unos 6.000». Juntos han hecho estas ascensiones, y todo empezó en una excursión por la Hidroeléctrica de Laujar, donde se conocieron. Seis años después la abderitana es toda una experta montañera que en vez de en el sufrimiento o cansancio que suponen esas subidas, destaca que lo que más le ha costado en el Aconcagua fue la aclimatación: «fue muy larga, teníamos que beber mucho líquido para evitar la deshidratación, y claro, expulsarlo, y a menos quince grados es difícil. Y los dolores de cabeza por la noche eran horribles». Para una óptima aclimatación hay que beber, mínimo un litro por cada mil metros de desnivel, por lo que bebían entre 4 y 5 litros diarios.
Momentos inolvidables
Torralvo destaca momentos que ha vivido en esta expedición como el hecho de desayunar «con un glaciar detrás y un lago al lado, y la montaña que nos esperaba delante. Era una paz impresionante. También impresiona cuando estábamos ascendiendo y teníamos las nubes y una tormenta por debajo de nosotros. Y rodeados de estrellas, fue impresionante. Sólo por eso merece la pena ese viaje».
Otro momento especial fue la subida a «Nido del cóndor, nos habían hablado de las maravillosas puestas de sol y amaneceres. Cuando llegamos estaba nublado y no se veía el sol, pero vimos un impresionante cóndor con las alas extendidas». Momentos como ése hacen olvidar lo traicionera que es esa montaña, a la que se da permiso para acceder sólo dos meses al año (entre el 15 de diciembre y 15 de febrero) y en la que muchos pierden la vida. De hecho hubo varias desgracias mientras esta expedición almeriense estuvo allí, y aún continúa desaparecido un ciudadano polaco en la zona.
«El mal de altura es muy malo y te puede dar en cualquier momento, no importa si estás en forma o preparado. Hay que saber reaccionar y parar a tiempo», destacan. «Es de agradecer la política del parque, puesto que es obligatorio pasar por dos controles médicos a distintas alturas antes de ascender. De esta manera comprueban el estado físico», explica Salvador. A esa aclimatación que necesitan hay que sumarle después las jornadas de entre 8 y 12 horas caminando con mochilas de 15 kilos. Todo ello para disfrutar de paisajes como los que brindan Plaza de Mulas, Confluencias, Playa Ancha o visitar curiosidades como la galería de arte más alta del mundo.
También destacan la limpieza del parque del Aconcagua y la preocupación de las autoridades: «te dan una bolsa para los desperdicios y tienes que entregarla al salir, está muy cuidado», así como la amabilidad de las gentes que se han encontrado.
También valoran el compañerismo entre montañeros y miembros de diferentes expediciones, así como el hecho de que en la montaña «cada uno se comporta como es. Parece que en nuestra vida diaria no es así, se aparenta, se disimula, pero allí arriba todos somos nosotros mismos».
Son lecciones de vida que se aprenden cuando uno tiene que lidiar contra la naturaleza con la única ayuda de su propio cuerpo y mente. Quizá por eso a los pies de este parque del que acaban de volver Mª Trini, Salvador, Sergio y Javier, hay una visita obligada: el cementerio de montañeros que se han quedado en el camino. Una cura de humildad para quienes piensen que hacer cumbre es lo más importante.
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