Obituario

Para mi padre, no el del libro de familia, sino el que me robó el corazón

Para mi padre, no el del libro de familia, sino el que me robó el corazón

Homenaje al que fuera secretario del Juzgado de Paz de Adra durante una década, Julio Enrique Neila, escrito por Rosa María Pérez

ROSA MARÍA PÉREZADRA

Había una vez una niña que vivía con su madre y sus abuelos en un pueblo costero rodeada de su familia. Un buen día su madre conoció a un hombre muy especial que llegó al pueblo destinado de la gran ciudad y que muy pronto llegaría a su corazón de una manera tan mágica que les uniría un lazo de por vida.

Se dio a conocer por su carácter generoso y humilde y ella fue donde conoció a su padre, pero no de la forma que lo conocen los demás, de la manera más bonita, sin compromisos, sin lazos de sangre, pero a todos los efectos sí era su padre. Ese que nunca le fallaría, ese que le abrigaría cuando tuviera frío, ¡sí era su padre! Muy pronto formaron una hermosa familia. Muchas tardes preparaban la merienda y se subían a las rocas de la playa para ver la puesta de sol y al ocultarse el sol dentro del mar aplaudían el final del día. Él le ponía las manos sobre la frente cuando enfermaba para llevarse cualquier dolor o molestia que pudiera tener.

Tantas aventuras vivieron, viajes... Tardes de circo... A él le encantaba leer y escribir y contarle mil y una historias pasadas e incluso historietas de sus diarios secretos. Así fueron pasando los años se ganó el cariño del pueblo al que todo el mundo conocía por su carácter entrañable y al que ayudó sin duda siempre que pudo hacerlo. Y la niña fue creciendo tan feliz como en un cuento de hadas.

Al llegar la adolescencia, como en muchas familias, sus padres se separaron y ellas tuvieron que marcharse a vivir a la ciudad, pero ella siempre tendría a su padre, aún en la distancia. Y siguieron compartiendo momentos inolvidables, en días sin significado y en días que sí lo tuvieron. En el día de su boda la llevó orgulloso al altar, cuando fue madre en el bautizo de su nieta y su relación aún se engrandeció más.

Hasta que un día todo cambió. Su padre comenzó a enfermar sin motivo aparente sin atender a las súplicas de que viniera a la ciudad a tratarse y, cuando al fin aceptó, ya era tarde. La niña, ya mujer, sólo pudo acompañarle al viaje del final de su vida. Y la niña, ya mujer, no comprende cómo una persona tan buena y tan especial se ha ido tan pronto. Y la niña, ya mujer, no olvida a su padre, que no es su padre, pero que le robó el corazón un día cualquiera para llenarlo de amor igual que cualquier padre y por el cual les unió un lazo inquebrantable e único.

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