José María Gómez, pregonero de la Feria de Adra. / m. torres

«Hay que patearse sus calles y tratar con su gente para saber cómo es Adra»

José María Gómez Lázaro-Carrasco, pregonero de la Feria de Adra

MARÍA TORRES ADRA

Llegó a la ciudad milenaria por vocación, cuando apenas tenía 26 años, y decidió echar raíces por convicción. Maestro de profesión, José María Gómez Lázaro-Carrasco (Gérgal, 1948) ha dedicado media vida a ayudar a quienes más lo necesitan. Una labor callada, constante e incansable que su pueblo de adopción, Adra, ha querido reconocer.

–¿Quién es José María Gómez?

–Una persona normal. Un ser humano preocupado por hacer las cosas lo mejor que ha sabido y podido, por estar pendiente de los demás y por ayudar sin importar si me lo agradecían o no. Preocupado también por mi familia, para que nunca tuviera que bajar la cabeza por mí. Ese es José María Gómez.

–¿Qué trajo a un gergaleño de nacimiento hasta Adra?

–Nací accidentalmente en Gérgal. Allí trabajaban mis padres. Con dos años, nos instalamos en Almería y allí viví mi infancia y adolescencia. Tuve la suerte de estudiar en el colegio La Salle, donde aprendí unos valores y principios morales que no he olvidado. En la solapa de mi chaqueta, aún llevo el escudo de mi colegio. Cuando aprobé las oposiciones, mi primer destino fue Lebrija, en la provincia de Sevilla. Casualmente, el pediatra de mi hija -don Rogelio Fernández, que estaba casado con una abderitana, Isabelita Sánchez- me propuso venir a Adra a impartir clase y acepté para estar más cerca de Almería y de mi madre. Empecé en el colegio San Fernando en el año 1974 y estuve 23 años. Pasé un año en el colegio Pedro Mena de Adra y los últimos 11 años en el Virgen del Mar.

–¿Qué le empujó a hacer de Adra su hogar?

–Mi hija. Mi intención era residir en Granada. Aunque nació en Almería, ella se siente muy de aquí y no quería despedirse de Adra. Y aquí sigo yo mientras no me echen (risas).

–Más allá de los bocadillos de sobrasada que elaboraban sus alumnos y que cita en su pregón, ¿qué recuerdos conserva de sus 40 años de docencia?

–Con el paso de los años, la memoria se vuelve selectiva y todo lo malo se olvida. He tenido la suerte de tener unos alumnos excepcionales y unos padres que me han apoyado en todo momento. Me dediqué en cuerpo y alma a mis alumnos y he recibido mucho respeto, educación y cariño. La educación para mí tiene tres patas: profesores, alumnos y padres. No puede fallar ninguna para que funcione. Todos estamos en el mismo barco y todos debemos remar en la misma dirección. La educación de un país debe avanzar desde el diálogo y el respeto mutuo. De lo contrario, estamos abocados al fracaso.

–Fuera de las aulas, ha entregado y entrega parte de su tiempo a ayudar a los más vulnerables. ¿Dónde encuentra la recompensa?

– «Hay más alegría en dar que en recibir», en alusión a los Hechos de los Apóstoles. Hay otro pasaje de San Lucas que dice «vosotros dadles de comer». Se me hace muy cuesta arriba pensar que hay familias que no llegan a final de mes. Habrá quien nos engañe y se aproveche del sistema, pero desgraciadamente en este país hay gente que lo está pasando mal. En un reparto de alimentos, llegó un padre con dos niños pequeños. Cuando le dimos leche, el pequeño preguntó a su padre: «¿A esta leche hay que echarle agua también, papi?».

–El año pasado fue nombrado Hijo Adoptivo de Adra y mañana será el encargado de inaugurar la feria. ¿Se siente un abderitano más?

–Sí. Me jubilé en 2008 y aún me cruzo con alumnos que me llaman Don José María. Siento que se acuerdan de mí todavía, que me quieren y me respetan como cuando estábamos en el colegio. Me siento en deuda de gratitud con este pueblo. Como abderitano y parte del cuarto pueblo más antiguo de España, tengo una secreta ilusión. Me gustaría ver el Museo de Adra lleno de antigüedades de nuestro pueblo. Me consta que hay gente que conserva restos de valor en su casa. Tenemos que estar orgullosos de nuestra historia.

–En su pregón, reconoce estar enamorado de Adra. ¿Qué le conquistó?

–Su gente. Las primeras personas que conocí en Adra fueron Manolo Moreno y Pilar Carretero, que nos abrieron su casa y nos animaron a venir a Adra. Mis cuatro primeros amigos aquí fueron y lo siguen siendo Paco Crespo, Mario Martín (que en paz descanse), Antonio Vela y Eugenio Tendero. Ellos me enseñaron lo que es ser y sentirse abderitano. Hay que patearse sus calles y tratar con su gente para darte cuenta de cómo es. Adra huele a mar, a sal; sabe a boquerón 'plateao', a pulpo seco, a calamar de potera y a brótola de piedra. Pero también Adra huele a tierra, tan duramente trabajada: a hierbabuena, a azahar, a tomillo y a romero.

–También en su pregón dedica una mención especial a la mujer abderitana. ¿Por qué?

– Siempre he observado ese trabajo callado, silencioso, mal pagado y peor reconocido que lleva la mujer encima desde que es niña hasta que es esposa o madre. Pocas veces se les reconoce y casi que tienen la obligación por nacimiento de hacer todo lo que hacen mientras el hombre se dedica a hacer otras cosas. Al lado de un gran hombre siempre hay una gran mujer, nunca detrás.

–¿Cómo disfrutará el pregonero de esta feria tan significativa?

–Con muchísima alegría e intensidad. Soy hombre de caseta, me lo paso muy bien y participaré en todos los eventos que pueda. Disfruto viendo a mi gente disfrutar de estos días, después de un año de trabajo y de los dos de pandemia que llevamos. Se lo merecen. Nos la merecemos.